miércoles, 30 de septiembre de 2009

El apego y el vínculo en el nacimiento

Hace ya más de cincuenta años que John Bowlby en un informe elaborado a petición de la organización Mundial de la Salud explicó que: "Consideramos esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño experimenten una relación cálida, íntima y continuada con la madre (o sustituto materno permanente), en la que ambos hallen satisfacción y goce". Eran los años que siguieron a la segunda guerra mundial y en aquel ambiente de preocupación por la gran cantidad de niños huérfanos y hospitalizados los trabajos de Bowlby y Mary Ainsworth sentaron la base de la Teoría del Vínculo, que ha ido creciendo en solidez y evidencia científica desde entonces. Bowlby describió el vínculo como un instinto biológico destinado a garantizar la supervivencia de los bebés. El vínculo es el lazo que se establece entre el recién nacido y su madre y cumple la función biológica de promover la protección, la supervivencia y en última instancia la replicación. Básicamente lo que sabemos ahora es que la relación madre hijo es la base para todo el desarrollo del bebé, y que las implicaciones son profundas y duraderas, tanto para bien como para mal.

A lo largo de las últimas décadas numerosos estudios han profundizado en todos los aspectos del vínculo desde muy diversas perspectivas. Los más recientes desde el terreno de la neurobiología y la bioquímica empiezan a desentrañar los mecanismos moleculares por los cuales se establecen los vínculos afectivos desde el nacimiento y se mantienen y se refuerzan a lo largo de toda la vida. Conforme crece el conocimiento científico resulta más evidente la importancia que tiene respetar el nacimiento. Como psiquiatra infantil lo que yo he sacado en claro de la teoría del vínculo es que los humanos nacemos con una necesidad inmensa de ser amados y con una capacidad innata para amar. O dicho que otra manera: que biológicamente estamos programados para amar, que el amor es fundamental para nuestra supervivencia como especie, no un capricho ni un lujo, sino algo imprescindible para todos y todas. Bowlby ya hablaba de la satisfacción y el goce como elementos necesarios para la relación del vínculo entre madre y bebé y viendo lo que sucede con las hormonas en el parto, comprobamos hasta qué punto nuestra naturaleza lo tiene todo pensado para que madre y bebé se enamoren y sientan un inmenso goce y satisfacción. Comprendiendo lo que sucede a nivel biológico es sencillo comprender por qué habría que hacer todo lo posible para evitar influir en dichos procesos hormonales.

Conforme transcurre el parto, el cerebro de la madre va produciendo dosis crecientes de oxitocina. Esta hormona es conocida como la" hormona del amor" ya que se ha comprobado que no sólo es la responsable de las contracciones del útero en el parto y en el orgasmo, también es la que en nuestro cerebro hace que sintamos amor, bienestar profundo, empatía, conexión emocional y ganas de cuidar a nuestros seres queridos y de compartir con ellos alimentos, por citar algunos ejemplos. Los niveles máximos de oxitocina en el cerebro tanto de la madre como del bebé se alcanzan en la hora que sigue al nacimiento. Esto hace que la madre sienta un enamoramiento de su bebé que le facilitará enormemente el cuidarle, que tenga ganas de estar con su bebé la mayor parte del tiempo, que se sienta llena de amor y que esta sensación crezca continuamente. Este amor hace que todo lo demás (cansancio, renuncia a muchas otras actividades que ya no son fáciles con un bebé, etc.) sea fácilmente soportable. Este enamoramiento facilita que la madre busque la proximidad continua con su bebé, que se sienta feliz con el contacto piel con piel que instintivamente buscan todos los recién nacidos y que en cuanto el bebé llore la madre busque la manera de consolarle y tranquilizarle ipso-facto.

Ahora sabemos que estas interacciones tempranas a van facilitando el desarrollo cerebral en una dirección y es la de que el bebé vaya aprendiendo a amar, a ponerse en el lugar del otro, a ser más y sociable y empático. La prolactina también empieza su labor tras el parto permitiendo la producción de leche y haciendo que para la madre la lactancia sea algo espontáneo, relajante y sencillo. Sustancias como las endorfinas que también se producen durante el trabajo de parto van a hacer que ese primer encuentro sea muy placentero para los dos y que por decirlo de alguna manera madre y bebé se enganchen de la mejor manera posible. Es decir, venimos al mundo listos para enamorarnos de nuestros progenitores y crecemos gracias a ese amor.

Por el contrario cuanto más se altera ese equilibrio hormonal del parto más difícil resulta sentir ese amor espontáneo y natural. La oxi-tocina sintética que se administra a tantas parturientas no pasa la barrera cerebral: así que la madre percibe las contracciones uterinas con mucho más dolor (al no llegar esa oxitocina al cerebro no se producen las endorfinas que espontáneamente alivian el dolor y producen bienestar) y tampoco va a sentir el mismo enamoramiento de su bebé nada más nacer. Muchas madres cuentan tras un parto hospitalario cómo para su sorpresa no sintieron ese flechazo ni ese profundo amor. En los casos de nacimiento por cesárea programada la ausencia de ese sentimiento puede ser aún más grave: "sabía que era mía y que la quería, pero no lo sentía" como nos contaba una madre, lo que a nivel neuro-hormonal equivale a un escenario sin chute de oxitocina. Bastante menos se sabe sobre los efectos de esas alteraciones del equilibrio natural en el cerebro del bebé. Sue Carter, una de las mayores investigadoras a nivel mundial sobre la oxitocina explica con vehemencia que los efectos de la oxitocina sintética intraparto en el cerebro del recién nacido nunca han sido investigados, y que sus propios experimentos con oxito-cina sobre otros mamíferos recién nacidos hacen pensar que los efectos pueden ser bastante más graves de lo que se imagina, sobre todo a nivel de la conducta amorosa y sexual en la edad adulta, por lo que insiste en recomendar que la oxitocina sintética se utilice sólo en casos verdaderamente urgentes y graves.

También es mayor la evidencia científica de que separar a los bebés nada más nacer de sus madres les produce un enorme sufrimiento y, que si la separación se prolonga, los bebés pasan a estar en un "modo de supervivencia" donde restringen sus funciones al máximo para esperar a que regrese la madre, lo que puede dar erróneamente la impresión de que están tranquilos y calmados, cuando en realidad están tan muertos de miedo que optan por no moverse ni llorar si piensan que no van a ser escuchados. Igualmente se sabe que si se deja a los recién nacidos llorar, los niveles de hormonas de estrés que llegan a liberar pueden dañar el desarrollo cerebral. Son numerosos los estudios que han hallado la altísima correlación que existe entre la separación temprana de la madre y las conductas violentas y disociales en la edad adulta.

Por todo ello está claro que respetar la fisiología del parto es fundamental para conseguir desarrollar al máximo la capacidad amorosa de la especie humana. No hacerlo equivale a empezar la vida en una carrera de obstáculos que los más indefensos a veces no van a lograr superar.

¿Criar sin límites?

"LOS NIÑOS NECESITAN límites."

¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que va camino de convertirse en un clásico de la pedagogía popular, como "eso no se hace" o "hay que compartir" Pero si algo tienen en común esos clásicos es que se tiene fe absoluta en ellos, así que se dicen sin pensar, se dan por hecho sin someterlos a juicio, se usan sin saber qué significan. Son las cosas que son así, y punto. Se puede criar y educar con ellos sin tener que hacer el menor esfuerzo de reflexión ni de revisión de planteamientos. Son útiles. Son el camino fácil.

Pero, por una vez, demos un paseo por el otro camino, el de pensar. Cuando decimos que los niños necesitan límites, ¿sabemos qué queremos decir con eso? ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de límites?

El Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E. define límite como, entre otras cosas, extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico. Los límites son lo que en modo alguno se puede sobrepasar, el punto en el que resulta imposible ir más allá. Parece, pues, que al decir que los niños necesitan límites estuviéramos olvidando que todos tenemos límites y que eso no depende de que nadie nos los ponga. Simplemente los tenemos, lo queramos o no. El ser humano nace con los límites inherentes a su propia especie: necesita contacto, aire y alimento, y realizar determinadas funciones corporales para sobrevivir. Otros límites proceden de su entorno físico: está sometido a la ley de la gravedad, por ejemplo. A lo largo de su vida va acumulando límites como consecuencia de sus propias experiencias y traumas (miedos, fobias...), o de posibles enfermedades o malformaciones o accidentes, de las barreras arquitectónicas, etc. Todos, niños y adultos, tenemos además límites personales: el límite de nuestra paciencia, de nuestra resistencia física, de nuestra ética, de nuestro pudor... Todo ser humano, todo ser vivo en realidad, tiene límites que forman parte de su ser y los necesita para relacionarse con
el mundo, para dar forma concreta a su existencia y dotarla de una realidad tangible, para recibir la influencia de su entorno y viceversa. un ser humano sin límites físicos no existiría, un ser humano sin límites morales enloquecería. Los límites son parte de nosotros.

Pero no es eso lo que queremos decir con que los niños necesitan límites. Más bien hablamos de limitaciones. Nos dice el diccionario que limitar es fijar la extensión que pueden tener la autoridad o los derechos y facultades de alguien. Pues si los niños necesitan limitaciones ya las tienen, y de sobra. Los niños actualmente, en nuestra sociedad occidental, son las personas más limitadas del mundo. Dudo mucho que haya nadie que cargue con más limitaciones que ellos, tal vez sólo las mujeres en algunas culturas. Es cierto que los niños lo tienen todo ahora, todas las comodidades, todas sus necesidades materiales y de ocio cubiertas, todos sus derechos protegidos, pero no tienen la menor libertad. Los niños no pueden decidir: no deciden dónde quieren vivir, ni cómo, ni qué tipo de educación recibir, ni a qué colegio acudir, en la mayoría de los casos no deciden qué ropa ponerse ni qué comer, no deciden sus horarios, no pueden ir a ninguna parte sin ser acompañados y vigilados. Es necesario por su seguridad, tal vez, dejaremos ese debate al margen de momento. Pero aun en ese caso, ello no quita que reconozcamos su situación de extraordinaria limitación.

¿Qué nos hace entonces repetir una y otra vez que los niños necesitan límites?
Me inclino a pensar que lo que queremos decir es sencillamente que los niños han de aprender a ser respetuosos con los demás y a cumplir las normas de convivencia, y que han de conocer, comprender y aceptar las consecuencias de sus actos.

Y en eso estamos todos de acuerdo. Sin embargo, las familias que criamos a nuestros hijos con apego encontramos muchas veces miradas de reprobación, cuando no críticas directas, por no "ponerles límites". Nos quieren decir con esto: por dejarlos decidir. Por darles libertad, o mejor dicho, por no quitarles la libertad de seguir sus deseos.

El debate es de orden moral, o filosófico: ¿qué es para mí el ser humano? Es un antiguo dilema: ¿Hobbes o Rousseau? ¿Es el hombre un lobo para el hombre, o es bueno por naturaleza pero la sociedad y la educación lo pervierten? Si creemos, si insistimos tanto en que el niño necesita límites ha de ser porque pensamos que el ser humano tiende de forma natural a la maldad, y que no se puede ser bueno ni tener un comportamiento adecuado si no es a base de restricción, represión, negación. Hacer lo que uno quiera está mal porque sí y por principio. No se puede dejar al niño hacer lo que quiera porque lo que quiera será necesariamente malo. En esto se basa el sistema patriarcal adictivo, que castiga el deseo y premia la obediencia, en la amargura inconsciente de nuestra propia auto-represión que nos hace intolerable ver cómo
otro sigue su deseo sin límites, precisamente, cómo otro tiene lo que hemos perdido nosotros.

Y esto es, precisamente, lo que la crianza con apego contradice y desafía. Porque al criar de esta forma a nuestros hijos estamos creyendo en su bondad innata y natural, de forma que tal vez ellos acaben confiando en ella también, en la suya propia y en la de los demás.

A menudo identificamos límites con normas, y falta de límites con falta de atención y cuidado, con negligencia. Hemos oído decir que el niño necesita los límites y normas como marco referencial. A menudo en el caso de niños abandonados o maltratados nos dicen los expertos que ellos mismos los piden porque los necesitan. No nos cabe duda de que los niños física o afectivamente abandonados agradezcan que un adulto los tenga en cuenta lo suficiente como para imponerles un límite, o una norma, y que le importe si se atienen a él o si la cumplen. En estados graves de abandono emocional puede ser que el niño no sepa que nos importa, luego que importa como ser humano, si no es porque nos importa que cumpla la norma o respete el límite, y que nos importa lo suficiente como para imponerle consecuencias. Pero no son la norma ni el límite lo que les da seguridad y confianza, es la atención prestada, es el simple hecho de tenerlos en cuenta, de merecer ese tiempo dedicado.

No confundamos: criar con apego no es criar sin normas, ni sin límites, si así los entendemos. Es enseñar a entender y respetar las normas pero, ante todo, a entendernos y respetarnos a nosotros mismos y a los demás. Es no poner la norma por delante del niño, no dar nunca más valor a la norma que al niño. No creer que el niño aprenda a ser respetuoso a base de cumplir las normas de forma automática y porque sí, sino que él mismo las cumplirá cuando por sí mismo comprenda que los demás merecen el mismo respeto que le hemos otorgado a él a lo largo de toda su vida. Es concebir las normas como herramientas para facilitar nuestras relaciones con los demás, nuestra vida en sociedad, y no como medios para hacer entender a nuestros hijos que nos importan.

Es ayudar al niño a saber que existen normas, a conocerlas y a comprender el sentido que tienen: que no es la norma la que tiene valor por sí misma, sino el compromiso que todos adquirimos de cumplirla y la confianza que por eso depositamos en ella. Es no poner el acento en los límites, sino ayudar al niño a que construya los suyos propios y reconozca y respete los nuestros. Es no convertir la crianza en una guerra de voluntades. Es distinguir las verdaderas consecuencias de nuestros actos del premio y el castigo arbitrariamente impuestos de manera artificial. No es no poner normas: es no supeditar la empa-tía, la comprensión y la aceptación del otro al cumplimiento de la norma, y exigir siempre primero que la norma respete a la persona.

martes, 29 de septiembre de 2009

Una reflexión sobre el panorama educativo actual y la crianza con apego

Pensar por un lado en el modelo educativo real que en la actualidad impera en España y, por otro, en la crianza con apego, resulta totalmente antagónico. Es cierto que en los planes de estudios de las facultades de Ciencias de la Educación de todo el país figuran los nombres de Jean Piaget o John Bowlby como puntales básicos de referencia para cualquier maestro a la hora de diseñar su actuación en el aula. Es también cierto que los estudiantes de Magisterio deben conocer sus teorías sobre el desarrollo psicológico del niño, sobre el apego, sobre la indivisible relación entre el plano emocional y el intelectual (si es que tan siquiera pueden concebirse como áreas separadas dentro de la integridad que supone un individuo), sobre la necesidad de experimentación real que tienen los niños para realizar cualquier aprendizaje, sobre la necesidad de respetar los ritmos individuales de desarrollo y actividad para conseguir un progreso armonioso y significativo... y podría seguir citando durante páginas y páginas.

Me pregunto por qué después, en la práctica, en la vida real de la muy grande mayoría de colegios, escuelas e institutos españoles, todos esos conocimientos adquiridos en la facultad se convierten en una única premisa, que viene a rezar más o menos así: "todos los niños de una misma edad tienen que hacer la misma ficha en el mismo momento, tardando la misma cantidad de tiempo, con el mismo resultado y sin molestar al profesor"" No voy a entrar a discutir la validez de dicha premisa porque no es el tema de esta reflexión, pero sí voy a explicar cuál es el método más utilizado y aceptado para conseguirlo, que sí tiene que ver con el tema de esta reflexión, y es la eliminación de las diferencias individuales, que se alcanza normalmente forzando las etapas del desarrollo de cada niño y aplicando un sistema de disciplina rígido basado en la técnica del castigo y la recompensa. Aspectos, todos, que poco o nada tienen que ver con una crianza o educación entendidas con apego y respeto.

El sistema educativo actual está diseñado para conseguir resultados muy concretos en períodos de tiempo excesivamente delimitados y cortos. Y con "resultados muy concretos" me estoy refiriendo al almacenaje memorístico de contenidos y automatización de procedimientos de cálculo, básicamente. Esto se viene a traducir, en la práctica, en la necesidad de controlar en todo momento la actividad del niño y sus aprendizajes, lo que resulta en un escaso o nulo interés por sus procesos y necesidades emocionales, sus características e intereses personales, y por supuesto, en la ausencia total de empatía. Lo que, unido al ya citado
método de castigo-recompensa hacen de la enseñanza en este país algo por completo contrario a la crianza con apego.

En este sentido, el primer obstáculo que los niños, a la tiernísima edad de 3 años -algunos todavía 2- tienen que salvar para integrarse en el nuevo mundo de la Escuela, es la adaptación. Éste es un momento crucial que debería ser cuidado hasta el más mínimo detalle y sin escatimar esfuerzos, puesto que dejará impronta en los sentimientos del pequeño. La manera cómo se desarrolle este primer aterrizaje en el ambiente educativo probablemente determine, o cuando menos impregne, toda su experiencia académica y la actitud que despliegue hacia ella. Por suerte, parece ser que ahora se ha puesto de moda el ya popular período de adaptación, y en muchos centros se flexibiliza, en mayor o menor grado, la entrada al colegio de los más pequeños. Pero asimismo hay un elevado número de instituciones que siguen sin realizar ningún tipo de ajuste en este aspecto.

Esa forma despiadada de recibir a los niños en su primer día de escuela -el primer día de escuela de toda su vida, seamos conscientes de ello- que tienen tantos colegios y que consiste en entrar "a lo bruto"" sin preparación previa, cada uno hasta su aula, sin compañía de ningún tipo más que una maestra o maestro al que no habían visto nunca hasta entonces, ya no es que sea cruel, es que a mis ojos es un maltrato en toda regla. Una falta total de respeto y consideración por sus sentimientos y necesidades. Y casi peor es el hecho de que muchos adultos hacemos mofa de ello, nos reímos comentando lo mucho que fulanito o menganito lloró durante sus primeras semanas de escolarización, nos parece gracioso, tierno, poco importante, normal... No es normal, el llanto de un niño es una reacción natural que se produce ante una situación adversa, estresante o dolorosa, y tiene como finalidad captar la atención de un adulto que pueda poner remedio o fin a esa situación que le ha causado malestar. Es por ello que cuando estamos haciendo caso omiso al llanto de un escolar que quiere volver con su familia o que se siente abandonado en un ambiente totalmente nuevo y desconocido, estamos desatendiendo sus necesidades, estamos tratándole mal, estamos maltratándole. No le infligimos daño físico, pero ignoramos y minusvaloramos su dolor emocional, tan real como el físico y mucho más traumático.

Si queremos conseguir una adaptación feliz y plena de un niño o niña de 2, 3, 4, o los años que tenga, lo primero que debemos tener en cuenta es que para sentirse seguro en un nuevo ambiente va a necesitar explorarlo hasta hacerlo suyo acompañado de una de sus figuras de apego, va a necesitar convertir a los adultos que pueblen ese nuevo espacio en nuevas figuras de apego, y va a necesitar conocer y entablar sus propias relaciones con los otros niños y niñas que van a compartir ese espacio con él. Para cada niño, esto tomará tiempos y acciones muy diferentes. Algunos -los menos- querrán quedarse solos el primer día, otros no querrán hacerlo hasta pasado un mes, otros sólo resistirán pasar una hora diaria dentro del centro escolar, otros se quedarán encantados durante 2 ó 3 horas, los habrá que prefieran observarlo todo de la mano de su acompañante y sólo decidirse a tocar algo después de un rato largo de observación, otros entrarán en el aula como un terremoto dispuestos a explorarlo todo con sus propias manos desde un principio...

¿Y cuál es la receta perfecta para todo esto? ¿cuál es la forma concreta más indicada de organizar un período de adaptación exitoso? Sinceramente, no creo que la haya... no creo que se pueda programar un horario y un número de niños escalonado para cada día con el fin de alargar artificial y rígidamente los tiempos de estancia en el aula y así adaptar a los niños progresivamente, como se hace en la mayoría de colegios. Mi apuesta es respetar completamente los ritmos de cada uno. Completamente. Dejar que cada alumno llegue al colegio a la hora que desee, acompañado por quien necesite y se quede el tiempo que le apetezca.
Puede parecer que en tal caso la escuela sería un caos. Créanme, la escuela, durante los primeros días, es un caos de cualquiera de las maneras.

Puede parecer también que de esa manera los niños se acostumbrarían a estar en el aula con sus padres y nunca llegaría el momento en que aceptasen quedarse solos. No es cierto, con la confianza que les da la presencia de un ser querido que les aporta seguridad, poco a poco irán estableciendo lazos sólidos con los maestros, que se van convirtiendo ellos mismos en figuras de apego y seguridad, de modo que los pequeños ya no requieren de la presencia de sus padres para sentirse seguros. Otra cuestión es ya la incompatibilidad de horarios entre el colegio y el trabajo de los padres. Pero tampoco eso justifica la poca flexibilidad con que se trata este período crucial, ni le resta importancia. Siempre se pueden encontrar soluciones alternativas como modificar los horarios de clase durante los primeros días, buscar a un abuelo, tío o familiar desocupado que pueda hacer la adaptación con el pequeño, ajustar el período vacacional de los padres para que coincida con el comienzo del curso...

Hay casos en que parece que la adaptación se está desarrollando satisfactoriamente porque el niño no llora al ir al colegio, no dice que no quiere ir, se lleva bien con los compañeros y los maestros aseguran que se lo pasa muy bien en clase y su comportamiento es modélico. Sin embargo, si ese niño comienza a presentar cualquier tipo de regresión o cambio en su vida diaria, coincidente en el tiempo con la entrada en la escuela (regresión en el control de esfínteres, alteraciones en los ritmos de sueño, alimentación, ansiedad, pesadillas, cambios en su actitud, etc.), suele ser síntoma de que algo en esa adaptación no está discurriendo como debería, y en tal caso lo más aconsejable sería retomar la flexi-bilización, o ponerla en práctica si es que no la hubiese habido. Tengamos siempre presente que la transición que los niños hacen de la familia a la escuela es un paso importantísimo en su vida, y que se trata de un cambio drástico y un proceso en alto grado artificial, para el cual no suelen estar naturalmente preparados a edades tan tempranas. Nunca restemos importancia al sufrimiento de un niño que no quiere ir al colegio, porque su dolor, su estrés y su ansiedad son reales y, como seres indefensos que son, no disponen de las mismas armas que un adulto tiene a su alcance para lidiar con ellos.

Desde el punto de vista del maestro que pretende tratar con apego a sus alumnos, creo que la herramienta básica a utilizar es la empatía. Una persona que no sea capaz de ponerse en el lugar del otro, de comprender y respetar los sentimientos de los demás, nunca podrá llegar a ejercer la educación con apego. A mi modo de ver, nunca será un buen maestro. Si se es incapaz de sentir lo que sienten los alumnos, de comprenderles, no se puede respetarles. El día a día de un maestro está lleno de situaciones estresantes y de momentos de presión, y si no se tiene claro que lo más importante, lo principal, es el equilibrio emocional y el crecimiento personal del alumno, se puede perder el norte muy fácilmente, y caer en la fatal rutina del continuo enfado, los castigos, los gritos y el mal humor.Y no hace falta explicar el efecto que esto produce en las emociones de los pequeños; el miedo, la presión, el descontento y la desazón que les infunde.

Para evitar esto, hay que sufrir un proceso de cambio y descubrimiento personal que nos permita comprender que el objetivo final de la educación no es la acumulación gratuita de saberes, sino el crecimiento de las personas, el enriquecimiento del individuo. Darse cuenta de que el verdadero motor de la educación está en cada uno, y que la tarea del maestro es ayudarle a descubrirlo y proporcionar multitud de experiencias, materiales y situaciones a través de las cuáles el alumno pueda encontrarse con sus posibilidades y, a su ritmo, desarrollarlas. Todo esto no puede hacerse si no es desde el más absoluto respeto por cada uno, desde la libertad del niño para moverse según su propia brújula interior, desde la consciencia de que un niño no es un adulto en construcción sino una persona entera, con su complejidad emocional e intelectual, a la que tratar con el mismo o más respeto que a un igual. Si no gritamos, agredimos, faltamos al respeto, insultamos, menospreciamos, castigamos, reñimos, humillamos, etc. a nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares... tampoco debemos hacerlo a nuestros niños, sean hijos, alumnos, sobrinos, nietos o vecinos. Además de no ser ético, es un abuso.

La educación no consiste -o no debería consistir- en dar una serie de órdenes que el alumno ha de acatar para aprender y convertirse en un adulto de provecho, sino en descubrir quién es y qué necesita, y así poder poner a su disposición los medios más oportunos para satisfacer esas necesidades y alimentar sus intereses.

Para conseguir establecer una relación de apego con el alumno, que le permita confiar en nosotros y aceptarnos en su mundo interior, el punto más básico e importante es la disponibilidad. Mostrarse siempre disponible y cercano para sus requerimientos; reservar cada día un momento, por pequeño que sea, de exclusividad con cada niño, hacer posible el contacto físico si lo necesitan, prestar atención a lo que dicen, bajar a su altura para romper esa barrera que los separa de nosotros por estatura y edad, y sobre todo respetar sus decisiones y tomarlos en serio. No imponer una serie de actividades uniformes, sino dejarles libertad para elegir entre multitud de materiales adecuados y estructurados de los que se puedan servir para avanzar en su desarrollo. Confiar en sus capacidades y aptitudes. Tener en cuenta las características del pensamiento del niño en cada etapa, sus posibilidades reales, y nunca pedirles algo que sabemos que no serán capaces de hacer, porque un fracaso no constituye ningún estímulo positivo para su proceso educativo.

Y para que la libertad dentro de la escuela funcione, se hace necesario el establecimiento de una serie de normas fijas que todos, alumnos y maestros, tendremos que cumplir, y que tienen que poseer pleno significado para ellos. Lo que sólo se puede conseguir si esas normas se establecen y consensúan entre todos. Uno tiende a pensar que si se deja a los niños poner los límites a su propia actividad, se convertirán en salvajes y no querrán acatar ninguna norma; pero esto no es así... un grupo de niños que se sienten respetados y libres para seguir el desarrollo dictado por su propio reloj interior -y créanme que lo tienen igual para el aprendizaje de la lectoescritura como para alcanzar logros motores tan filogenéticos y propios de la especie como la bi-pedestación- sienten la necesidad de establecer una serie de normas que les permitan actuar eficazmente sin interferir en los procesos de los demás. Y lo que es mejor, esas normas nacen de la experiencia, de la resolución de conflictos que inevitablemente surgen en el día a día de la convivencia en una escuela, de la interiorización de situaciones que han supuesto un problema y que se han superado con éxito. Lo que quiere decir que son normas comprendidas y asumidas por todos como propias. Una norma que parte de la experiencia es aceptada y cumplida con tal convicción que no suele ser necesaria la intervención de ningún adulto para velar por su cumplimiento.

Y ya por último me queda hablar de los castigos y las recompensas. Existe la creencia de que los castigos son necesarios para moldear el comportamiento de los niños y jóvenes, que no se puede aprender a obrar bien si no se castigan las malas acciones y se premian las buenas. No creo que esto sea cierto. Un niño que es castigado aprende a no hacer determinadas cosas para no ser castigado, pero no tiene por qué necesariamente alcanzar la comprensión de lo
inconveniente de tales acciones, con lo cual su integración mental de la realidad se ve alterada, la relación causa-efecto se trastoca de manera artificial. Lo mismo ocurre con los premios, los niños aprenden a hacer ciertas cosas porque les premiamos por ellas, no porque conozcan los beneficios que llevan asociadas, y eso, desde mi punto de vista, es un aprendizaje deficiente.

Además de esto, no hay duda de que el castigo conlleva siempre la humillación, el abuso y el sometimiento, que no son compatibles con lo que llamamos una educación o crianza con apego o respeto y, volvemos a lo mismo, son una forma más de maltrato. Si no castigamos a otros adultos, no deberíamos castigar a los niños. Recordemos que no son de nuestra posesión, solamente están bajo nuestra custodia hasta que puedan custodiarse a sí mismos. No nos pertenecen, no tenemos derecho a hacerles daño, a castigarles, a provocarles sufrimiento. En cambio sí tenemos la obligación de dar lo mejor de nosotros mismos para acompañarles en su crecimiento, y, de verdad, es algo maravilloso si sabemos apreciarlo.

De "kdds" y otros encuentros

Recuerdo mi primera"kedada" y mis temores de entonces: no conocer a nadie, no saber de qué hablar, no saber si iba a encajar, no conocer el lugar...

Y eso que no soy tímida. Pero me imponía mucho el llegar de repente ante un grupo de desconocidas y decir: Hola, soy Claudia y soy mamá de "Criar"... Como en un grupo de "bebéadictos anónimos", vamos.

Pero fue más simple que eso. Era como ser marciana en la tierra, estar fuera de la "onda" del mundo terrenal y de repente encontrar un grupo de gente verde iguali-ta que yo. La primera sensación es de extrañeza: ver un grupo de locas felices y sentir que perteneces a él; que has encontrado tu lugar. Pues así, de la mano de otra amiga y con los hijitos en la mochila me lancé al éxito. El primer momento fue un poco raro... No conocía a ninguna pero algunos "nicks" me sonaban. De repente, en cinco minutos de ir charlando ya éramos todas amigas, como si nos cono-
De "kdds"
y otros encuentros
ciéramos de toda la vida. Seguramente el patito feo del cuento tuvo el mismo sentimiento cuando conoció a los cisnes hermanos...

Me integré inmediatamente y entonces fueron más días en el calendario, más "kedadas" y más reuniones. Un día comenté que se acercaba el cumple de la pequeña de mis hijas, pero que no haríamos ninguna fiesta porque no teníamos un duro. Entonces, mis amigas-ma-más organizaron un súper cumple y aparecieron en casa, ¡cada una con un platillo preparado según su especialidad, tartas, pastelitos, globos... velas y todo! E hicimos una hermosa fiesta festejando además el cumple de otros dos niños nacidos el mismo mes. Desde entonces, mi casa es de puertas abiertas y lugar de muchos encuentros.

Cuando terminan estas fiestas, las mamás me dan las gracias por haber sido la anfitriona... pero siento que la que debe dar las gracias soy yo. Soy yo la que tengo que agradecer por esa compañía tan sana, por tantas risas, por ver crecer a sus hijitos, por tantas cosas ricas, por los consejos sabios, por el abrazo amigo y la palabra sincera. Creo firmemente en la existencia de esas redes que todas las madres necesitan para criar con el corazón. Ésta es mi red.

Ahora, cuando pienso en "mis amigas", son estas mujeres las que llenan el espacio. Puede sonar a tópico, pero con ellas aprendo, río con las ocurrencias de sus hijos, soy feliz con sus alegrías, lloro con sus tristezas y me siento acompañada en esta aventura de criar y crecer como mamá. Pero sobre todo, me siento apoyada, protegida y querida.

Desde aquí y con estas pocas líneas quiero agradecerles esos encuentros y decirles que espero con ansias el momento de volverlas a ver.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Alternativas a los castigos

MUCHOS PADRES Y MADRES de nuestra generación nos hemos encontrado con un problema importante a la hora de criar a nuestros hijos: nos faltan referentes.

La educación que nos dieron nuestros padres está demasiado envuelta en los constructos teóricos de la psicología clásica del aprendizaje y su marco cognitivo-conductual y lo que vemos y leemos a nuestro alrededor suele ser más de lo mismo: se nos propone una educación basada en la prepotencia del adulto, en las órdenes, en el castigo, la amenaza, la evaluación y la recompensa.

Fundamentalmente se trata de un tipo de crianza en el que se pretende conseguir que los niños "hagan lo que nosotros queremos", y eso, de conseguirse, se considera un éxito. Pero ¿sabemos bien lo que queremos? ¿Tenemos claro lo que estamos pidiendo a nuestros hijos o simplemente nos estamos dejando llevar por la inercia de los esquemas que llevamos dentro? ¿Qué es un niño "bien educado"? Y sobre todo, ¿qué es un niño feliz?

Somos muchos los que, en nuestro día a día, sentimos que somos como los policías de nuestros hijos, pasamos el día con el "no" en la boca y con una sensación de tensión permanente, de tener que estar vigilantes a su correcto desarrollo, diciendo lo que se puede y lo que no se puede, pensando y decidiendo por ellos constantemente, castigo en mano acechando.

Sentimos que algo no va bien, que deberíamos disfrutar más los unos de los otros, estar más relajados como padres... tenemos la sensación compartida de que "los primeros años son muy difíciles" "no hay tiempo para nada" "no sé como lo hizo mi madre que tuvo a cinco". pero no sabemos cómo enfocar nuestra paternidad de otra manera. Por un lado no queremos ser extremadamente autoritarios (¡los ciudadanos del siglo XXI no somos autoritarios!), pero, por otro, sentimos a un nivel muy profundo que si no "ejercemos" constantemente nuestra autoridad, si no estamos "encima" de nuestros hijos las 24 horas del día interviniendo y dirigiéndoles en sus rutinas ("venga hay que levantarse para no llegar tarde" "esto se abrocha así"), sus acciones ("no te manches con las témperas"), sus pensamientos ("debería gustarte este abrigo nuevo") y hasta sus emociones ("al hermanito hay que quererlo"), vamos a perder el control.

¿Cómo resolver este dilema? ¿Cómo evolucionar respecto a la educación y los esquemas recibidos y ya incorporados? En casi cuarenta años la sociedad ha evolucionado increíblemente y por supuesto nosotros con ella. El concepto de familia no es el mismo, tampoco lo es el de las relaciones hombre-mujer. La revolución de las mujeres está ya en marcha pero, ¿y la revolución de los niños? Igualmente necesario es que se opere un cambio de mentalidades respecto a la crianza y, sobre todo, respecto a los derechos de nuestros hijos. No sólo a gran escala sino a nivel cotidiano. Si ya no nos relacionamos con nuestra pareja con gritos ni chantajes, si hemos aprendido a comunicarnos en situaciones de conflicto, a hablar de sexo, a aceptar nuevas y diversas estructuras familiares, ¿por qué seguimos relacionándonos con nuestros hijos de una manera tan poco coherente con lo que somos y lo que queremos ser, con lo que hemos aprendido y lo que llevamos a la práctica en otros ámbitos de nuestras vidas? Buscamos dentro de nosotros mismos y encontramos algunas ideas, pero a la hora de llevarlas a la práctica nos faltan herramientas y acabamos cayendo en los esquemas que llevamos dentro, sobre todo en los momentos de mayor tensión o cansancio ("vete a tu cuarto", "como no termines ya la cena quitamos la tele", "¡no tires el abrigo al suelo!").

Este tema se llama "alternativas a los castigos" pero, en realidad, hablaremos de una alternativa edu cativa global. Porque el castigo es y representa el tramo final de toda una serie de despropósitos educativos. Para poder hablar de alternativas, hay que sentar las bases desde mucho antes de que el castigo, la amenaza o la sanción tengan lugar. Analizaremos de la forma más práctica posible estos fundamentos y veremos qué planteamientos alternativos existen para llevarnos por otro camino en la educación de nuestros hijos. Desde esta nueva perspectiva, las palabras castigo, refuerzo, chantaje, pierden todo su significado pero, lo que es más importante, cobran significado otras formas de relación mucho más gratificantes para todos los miembros de la familia: nosotros ganamos en la convivencia mientras nuestros hijos ganan en autoestima.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El apego hacia nuestros hijos se manifiesta en sus juegos

Las relaciones de apego se fun- se relacionan el juego de calidad damentan, sobre todo, en la con- y el apego, así que voy a dar por fianza y el respeto hacia las cosas hecho que estamos todos en la
que para el otro son necesarias o misma línea y que, en la medida importantes. Comienzo puntua- de nuestras posibilidades, inten lizando esto porque es la base tamos llevar a cabo una crianza para comprender la forma en que respetuosa.

Partiendo de esta base, el juego se convierte en una herramienta que refuerza nuestros vínculos afectivos con los niños porque en realidad, sus juegos son en buena medida el fruto y también el reflejo de la forma en que les criamos.

El juego es, entre muchas otras cosas, un sutil lenguaje de comunicación que comienza a muy temprana edad, basta con que observes a un bebé de pocos meses para percibirlo: ¿Te has dado cuenta de su concentración y su sorpresa al mirarse las manos por primera vez? ¿Te has percatado de cuánto se ha esforzado hasta lograr que sus dos manos choquen una contra otra? ¿Has visto lo feliz que es al lograr llevarse el pie a la boca? Todos esos movimientos son los primeros juegos de un ser humano, durante los primeros meses de vida el descubrimiento de nuestro propio cuerpo y del espacio que nos rodea son nuestro juego principal.

Más tarde, en cuanto el bebé es capaz de desplazarse por sí mismo, empieza el juego exploratorio que nos dará entrada libre a disfrutar de un repertorio interminable de movimientos armoniosos, perfectos. Ante nosotros tenemos un derroche de elasticidad, un explorador incansable, sin miedo al fracaso o al ridículo, capaz de repetir un mismo movimiento una y otra y otra vez hasta lograr entrar, subir, bajar, trepar, estirar y coger cosas. un ser pequeñito que mira con detenimiento y concentración los objetos y los analiza: ¿Hace ruido?, ¿raspa?, ¿es liso?, ¿pesa?...

Y llega un momento en que por sí mismo, sin ayuda de nadie, nuestro pequeño gateador se pone de pie y se lanza a caminar. Todos los desplazamientos que hacía gateando ahora los hace de pie y además transporta cosas de un lado a otro. Se muestra feliz y satisfecho de haber conquistado una nueva perspectiva y al mismo tiempo prueba incansablemente posturas; da vueltas, se pone de cuclillas con la espalda recta y la planta del pie completamente enganchada al suelo, recoge una cosa, nos la trae y continúa explorando.

¿Cómo podemos reforzar nuestro vínculo de apego a través del juego en esos primeros meses? Por supuesto, la presencia de un adulto sereno, paciente y cariñoso es el principal componente para que los bebés comiencen a disfrutar de sus movimientos y de su entorno. Es a partir de la madre o cuidadora que el pequeño comienza a explorar y lo ideal es que el adulto esté al mismo nivel que el bebé, en el suelo. Hay que buscar esos momentos por poco tiempo que se tenga, hacer contacto con el suelo nos relaja a nosotros y por lo tanto relaja también al bebé. Sí, ya sé que no es fácil encontrar el momento de sentarse para acompañar y observar pero para un bebé, estar en el suelo y practicar sus primeros movimientos es tan necesario como comer, dormir o recibir contacto físico y por eso no solamente debe poder hacerlo, además, quienes le acompañen deben comprender la importancia de comenzar a explorar el mundo partiendo de la base más segura.

Cuando los pequeños se desplazan por sí solos, comienzan a explorar ya no sólo su propio cuerpo y el entorno, también disfrutan de los objetos y jugando descubren que el mundo es bonito e interesante y que, incluso, algunos materiales ayudan a comprenderlo mejor.

Hace unos cuantos meses, mi hijo pasó una buena temporada desarrollando un juego. Comenzó por vaciar el cajón de las cacerolas y para él era importante que no quedara ni una, las tapaba y las destapaba una por una e intentaba intercambiar las tapas, estuvo así al menos 1 semana. Después descubrió el mueble donde guardamos las patatas y entonces el juego era poner una patata dentro de cada cacerola y finalmente tapaba todos los recipientes.
Era evidente que el niño mostraba un clarísimo interés por transportar objetos, relacionar formas, medidas y encajar.

Ninguno de los adultos que habitualmente estamos con Pau le ofrecimos las cacerolas como elemento exploratorio. El niño estaba atendiendo a un llamado interno que le indicaba que ése era el juego que necesitaba. En casa no representó ningún problema que las cacerolas donde habitualmen-te cocinamos fueran al suelo, pero si hubiéramos tenido algún inconveniente, lo que tendríamos que haber hecho era buscar materiales o juguetes que le permitieran llevar a cabo la misma actividad.

Era un disfrute ver a Pau tan concentrado, me impresionó mucho el tiempo que dedicó a intentar
poner tapas pequeñas en cacerolas grandes y viceversa. Miraba la tapa por todos lados intentando comprender por qué no encajaba. Un día dejó de probarlo y ponía cada tapa donde tocaba, había comprendido -¡por sí solo!- que por mucho que intentara poner una tapa pequeña a una cacerola grande no conseguiría que encajara. ¡Genial!

Conforme los niños van creciendo sus recursos, curiosidad y capacidad de juego son cada vez más grandes y si cuentan con el espacio, personas y material adecuado bailan, pintan, trepan, corren, montan cabañas, hacen obras de teatro y por supuesto, imitan el mundo de los adultos, pero, ¿cómo podemos saber si las actividades de nuestros niños son realmente un juego? He aquí algunas reflexiones de expertos en el tema que personalmente, me han servido de referencia.
Cuando un niño está jugando olvida el mundo real y se transporta al mundo juego en el que con mucha facilidad se desvelan aspectos fundamentales de la educación y la crianza. En el mundo juego se puede enviar a la silla de pensar igual que lo hace la señorita del colegio, también se puede hacer comer a las muñecas hasta que no queda ni una pizca en el plato, incluso se puede matar a los malos, igual que en la serie de dibujos animados. Si somos capaces de quedarnos quietos y observamos la dinámica en la que el niño está inmerso, podremos, cuando acabe de jugar o incluso unos días más tarde, preguntarle su opinión y darle la nuestra sobre los castigos, la violencia o incluso la muerte.

Sí, el juego puede ser una excelente herramienta para descubrir de una forma "sencilla" los sentimientos y sensaciones más profundos de los niños, sobre todo de los más pequeños. Todas las madres que conozco, yo incluida, solemos preguntar a nuestros hijos ¿qué has hecho hoy en el cole? Los niños casi nunca responden y no porque no quieran, es porque en realidad no se acuerdan o no saben como expresarlo. En cambio, cuando empiezan a jugar lo dicen todo con el cuerpo, la mente y el corazón, tal como afirma López Matallana.

El juego para mí es como la música, un lenguaje universal para el que todos tenemos una predisposición natural, lo que pasa es que nuestra capacidad para jugar de verdad se nos ha quedado soterrada, la hemos perdido entre montones de obligaciones, compromisos, tabúes, complejos y sobre todo, bajo un montón de miedo al ridículo. Cuando los adultos jugamos casi siempre acabamos mostrando un excesivo entusiasmo, evaluamos, comparamos y por supuesto, como somos los que más sabemos, acabamos haciendo de líderes.

Suelo comparar el juego con la música porque cuando los adultos cantamos, bailamos, escuchamos música o tocamos algún instrumento, nos pasa como a los niños cuando juegan, nos transportamos a otro mundo. Y en ese momento, no nos gusta que nos bajen el volumen para decirnos algo, o que de golpe alguien se ponga a cantar la canción a todo pulmón. Estamos tan inmersos en el goce de la música que cualquier interrupción la consideramos una falta de respeto.

El ejemplo de juego y música vale con otras cosas que nos apasionen como hacer deporte, leer o practicar algún hobbie. La idea es que podamos acercarnos un poco a las sensaciones de los niños cuando juegan, sólo así podremos valorar y respetar el juego en su justa medida.
Algunas claves y ejemplos para disfrutar y compartir los momentos de juego:
observar. Sobre todo porque es el único camino que tenemos los adultos para detectar las necesidades de los niños, y también porque es una excelente oportunidad para aprender de ellos.
respetar a la persona que es el niño, su necesidad de jugar y su inagotable capacidad de crear.
no anticiparse. Si tu hijo empieza a levantar una torre y ves claramente que la estructura está mal hecha y no aguantará, no digas nada, te sorprenderá la filosofía y la calma con la que tu hijo se toma el que le caigan las cosas, pero si no es así, probablemente se deba a que aún no está preparado para ese tipo de juego. Si no intervenimos, es muy probable que el niño utilice las piezas para jugar de otra forma o quizá abandone el juego y se dedique a otra cosa. Si nos anticipamos y tratamos de "ayudar", acabaremos haciendo la torre nosotros explicándole al niño paso a paso qué piezas poner primero y cuáles después y aprovecharemos para "enseñarles" a no enfadarse cuando las cosas no nos salen bien a la primera y bla bla bla.

libertad. El siguiente ejemplo vale para bebés y niños más grandes. Cuando un bebé empieza a desplazarse por sí mismo y desaparece de la vista de su madre es porque siente el territorio lo suficientemente seguro para hacerlo, él mismo volverá cuando la necesite. Si el espacio está adecuado para las necesidades de los niños, únicamente hace falta estar mínimamente alerta, no es necesario perseguir a la criatura por toda la casa. Si se va, es porque necesita "perderse de vista".

Confianza. Pero de la auténtica, no como la que nos dan a noso tros en el trabajo, donde se supone que somos "trabajadores de confianza" y resulta que tenemos que pasar una tarjeta que indica la hora a la que llegamos y a la que nos vamos.

si jugamos tenemos que ser uno más, no podemos quitar el protagonismo a los niños porque son ellos los que nos están dando entrada en su mundo, si no somos capaces de asumir el rol de un jugador más, es preferible mantenerse al margen.

No confundirnos y pensar que jugando mucho con nuestros hijos obtendremos una relación de apego; eso sería una trampa, de nada sirve jugar con los niños si lo hacemos sólo con la idea de obtener una mejor relación con ellos. Es más bien al revés, gracias a que conocemos e intentamos satisfacer sus necesidades de desarrollo emocional y afectivo gozamos de una buena relación y eso es lo que ellos manifiestan cuando juegan, con o sin nosotros.

Saber algunas cosas básicas nos ayudará a reconocer el tipo de juego que desarrollan nuestros hijos (libre, estructurado...) y estaremos en posibilidad de ofrecerles materiales y entornos adecuados.

Para los niños, muchas de las labores de las que los adultos estamos aburridos, como lavar platos o ropa, sacar la basura, poner una lavadora, pelar una manzana, cortarla, cocinar, barrer y fregar, también pueden ser un juego.

Finalmente, me gustaría que imaginaras cómo serían tus relaciones si tu pareja, amigos, familiares y jefes respetaran y consideraran importantes tus verdaderas necesidades.
Piensa en las personas con las que te gusta estar, las que te hacen sentir bien y luego analiza qué tienen esas personas que no tengan las otras. Seguramente llegarás a la conclusión de que son aquéllos que te aceptan como eres y que, sin tratar de imponer su propio criterio, religión o creencias, influyen positivamente en tu estado de ánimo y te producen sentimientos de los que te sientes satisfecho y orgulloso.

Retirar el pañal o controlar esfínteres: el huevo o la gallina

El control de esfínteres y la retirada del pañal son conceptos distintos y, sin embargo, en ocasiones, los confundimos. Un niño al que se le retira el pañal sin estar preparado para ello seguirá sin tener el control de esta función aunque nos empeñemos en lo contrario. E incluso puede ser perjudicial. Hay muchos niños a los que, si fuésemos sinceros con nosotros mismos, deberíamos volver a poner el pañal una vez retirado, pues se ve claramente que lo hemos hecho demasiado pronto.

Lo que ocurre es que nos parece un retroceso, asumimos como un fracaso educativo el que nuestros hijos continúen con pañal. Y así, nos empecinamos en seguir adelante, aplaudiendo la mínima señal de continencia. Sin embargo, aunque ya no moje la ropa y el suelo a todas horas, habrá que tener en cuenta otros aspectos. Si un niño se hace pis cuando se ríe, cuando se pone nervioso, cuando se olvida de ir al lavabo, cuando está demasiado concentrado en una actividad quiere decir que no tiene el tema controlado. A los adultos no nos pasa ninguna de esas cosas... simple y sencillamente porque sí controlamos. Así que no confundamos el hecho de que nuestro hijo (y nosotros) pueda andar con cierta dignidad por la calle, sin mancharse ni manchar, con que el control de esfínteres sea una realidad.

Ahora bien... ¿por qué no esperamos a retirar el pañal cuando realmente el niño esté preparado? Al margen de las valoraciones en función de un pretendido éxito o fracaso educativo, que ya hemos apuntado, hay otras posibles explicaciones, y vamos a hablar de ellas.

En primer lugar, existe un consenso casi unánime en que para que los niños controlen esfínteres, hay que enseñarles, y eso se consigue a través de la retirada del pañal. Sin embargo, lo ideal sería hacerlo exactamente al revés: esperar a quitar el pañal cuando el niño esté preparado para ello, es decir, cuando pueda controlar esfínteres por sí mismo. Esta idea, en general, produce cierto temor. Se suele creer que si uno no le retira el pañal al niño, éste nunca llegará a controlarse, y tendrá problemas de incontinencia. Lo cierto es que, a no ser que haya un problema funcional real, ningún adulto tiene problemas con el control de esfínteres. Lo que nos hace sospechar que se trata de un proceso madurativo propio del ser humano, y no un objetivo educativo que las familias o las escuelas deban asumir como propio. Desde este punto de vista, en vez de retirar el pañal y correr con el orinal detrás de nuestros hijos, sería mucho más cómodo para todos (sobre todo para los niños, que no se sentirían presionados ni evaluados) esperar a que el propio niño nos diga que ya no necesita el pañal.

Además de este temor, existe un problema logístico añadido: el inicio de la Educación Infantil. En la mayoría de las escuelas de nuestro país, por no decir en la totalidad de ellas, no se admiten niños con pañal. Sabemos que es un problema real de tiempo y atención para una sola maestra o maestro tener 20 niños a los que cambiar y limpiar, pero habría soluciones intermedias si hubiera verdadera intención, por parte de las instituciones educativas, de encontrar alternativas. Pero la realidad es que no se asumen estas posibilidades porque no es sólo una cuestión de recursos humanos, sino de lo que entendemos que un niño debe o no debe saber a una determinada edad.

Y pensar que todos los niños, a los 3 años (algunos a los 2 años y 9 meses) deben tener controlada esta función corporal es, cuanto menos, una idea difícil de materializar.
La realidad es que cada niño controla esfínteres a una determinada edad, igual que cada niño habla, anda o salta a una determinada edad.

El que se asuma habitual-mente que a partir de los 2 años debemos empezar a retirar el pañal tiene más que ver con la universalización de la educación infantil, que aún sin ser obligatoria se ve como necesaria (ésta es otra historia que ya trataremos) y de las condiciones que ésta nos impone para admitir a nuestros hijos. Así que, si estamos hablando de un proceso madurativo que tarde o temprano llega a su fin, ¿por qué empeñarnos en hacer pasar a los niños por este mal trago? Dejemos a cada niño seguir su ritmo y encontrarse seguro con su cuerpo antes de imponerle una convención social.